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EL PASEANTE CURIOSO
Derribado, entubado y a la deriva
07.02.2008 - ENRIQUE MÁXIMO GARCÍA
Creía el paseante en su último viaje que lo había visto todo y que pocas sorpresas más le podía deparar esta ciudad y su disparatado entorno pero, en estos cercanos días, su asombro no tiene límite al comprobar que se halla dentro de un mundo al revés, no precisamente el de Alicia, sino en una nueva Corte de Milagros donde ocurre de todo y poco bueno. El esperpento reaparece cada vez más distorsionado, y en esta ocasión no a través de los espejos cóncavos y convexos de Valle Inclán sino a través de esa otra ventana indiscreta que son los medios de comunicación. Comienza este cuento sinfín con la hazaña de un presidente de Hacendados de la Huerta derribando, sin permiso alguno (otro Juan Palomo), el último molino que quedaba en pie en Aljucer. Y esto lo hace quien representa a una antigua institución cuyo fin primordial debía ser la conservación para el futuro de un sistema de riego que conforma un paisaje único en la Península Ibérica. Este hombre, cuya etimología nominal es la del pacificador, mira por donde lo que ha conseguido, no es otra cosa que levantar en armas a esta pedanía. Pero, claro, siempre queda el socorrido recurso de echar la culpa a los maleantes, a los drogadictos y a las ratas, una triada de la que siempre se ha echado mano para blanquear otros intereses. ¿Y con la mala suerte de tener un escudo en la pared! ¿Vaya ojo! El paseante se pregunta dónde estará la verdadera razón del derribo de este molino, los que le han precedido, los que le van a seguir y, sobre todo, ¿por qué tanto interés en entubar las acequias principales fuera de los estrictos núcleos urbanos? Que si se caen los niños, que si los carriles son estrechos, que si hay humedades, que si tiran un cerdo, que si hay que mondarlas, que si , que si .que si.
Más bien se decanta el paseante por las cuentas, que las sabe, que no es hijo de la ESO y no precisa calculadora, y acostumbra a hacerlas de cabeza. Metros a un margen, metros al otro, más los que se lleva el cauce, multiplicado todo por los kilómetros de la acequia suman, como en el Un, dos, tres, muchos euros. ¿De verdad de las verdades de todas las verdades del mundo alguien le puede asegurar a este asombrado caminante que tantas hectáreas se ganarán para vías verdes, jardines, colegios, centros de salud o algún museíto etnológico con alpargata en la puerta, de los que tanto gustaba la cesada Lourdes Avellá, otra lince del patrimonio? ¿De verdad, de verdad? ¿Quién le asegura que no habrá sisa en tanto meandro? ¿Pero dónde están los que deberían proteger toda esta herencia tan dispersa? ¿Pero qué hacen en sus despachos de 08.00 a 15.00 h.? ¿Recortar las noticias del periódico?.
Molinos aún quedan y kilómetros por entubar también. Pero si el futuro es la amenaza chulesca sobre el de la Puebla de Soto, el abandono de los que jalonan la Aljufía, el simple ejemplo del desastre de la Contraparada (en una sociedad civilizada sería el relicario de un pasado y un monumento hidráulico que enseñar sin vergüenza) o la proliferación de chaleses con pretensiones alpinas, aniquilando el carácter único de este territorio, el desastre está asegurado. Y lo peor es que a muy pocos le importa. Afortunadamente, el inexplicable silencio del Servicio de Patrimonio Histórico ha servido, al menos, para gestar una conciencia ciudadana en torno a la defensa de la huerta en su más amplio alcance, participando por igual asociaciones de diversa índole y peñas huertanas, renaciendo en éstas su compromiso fundacional tantas veces soterrado por las sustanciosas francachelas barraqueriles y las surrealistas entregas de insignias, medallas y penachos varios (crilla de oro, pernil de plata, alcacil de brillantes con distintivo clisao junto a las variantes posibles que otorgan la murciana gastronomía, las minas de La Unión y el arco iris).
Aunque repasando las noticias nada debe extrañar. Sobre todo con el rififí a la murciana del MURAM que debe tener en estado de zafarrancho y conmoción a los disciplinados funcionarios de la dirección general del ramo. Si pintan bastos en Cartagena a dos meses vista de lo que se avecina, la huerta, su patrimonio, los molinos, las acequias, el paisaje y el sursum corda importa menos, tanto a unos como a otros, que la vida privada del masajista de Marujita Díaz. ¿Quién entiende este voy y vengo de unos cuadros que, en su día, vieron fijado su futuro en la Región bajo la más alta firma y, en pocos años, resulta que, según el sabelotodo políglota del Servicio dice que sólo los han visto por foto, que son «discretitos», «de segunda fila» y «de Alicante»? La misma persona que, en Roma y en el Instituto Cervantes, certificaba, con su presencia, valores, prestigio y calidad. Sobre todo, y esto es lo llamativo, cuando una selección de la colección Marifí/Rififí ha estado paseada, con cacareo mediático, por media Europa y Nueva York. O algo chirría o el velero de las Bellas Artes intenta atravesar el cabo de Hornos en invierno con el timonel haciéndole la puñeta al reciente capitán.
Cruje la poca continuidad en la secuencia de proyectos de alcance, tanto en el caso Marifí como en el de la masacre de la huerta (es más, aquí ni proyecto parece que hay). Además, llama la atención el hecho de que pocas de las ideas primordiales que debieran sustentar nuestro carácter como Comunidad, en el estricto sentido del término, cristalizan con el tiempo. Por desgracia, parece que siempre estamos sometidos al albur del esteta de turno, del político visionario, de la tropa de diseñadores de colorín; en definitiva, de un nuevo traje del emperador que, como escribió Andersen, era falso, no existía, todos decían verlo y sólo el descaro de un niño supo descubrir su mentira. Y mientras el escudo del molino sigue sin aparecer (ya sea a cachos, entero, cuarto y mitad o en modelo virtual), la desidia avanza, como el desierto, con pasos de gigante. Menos mal que, por fortuna, tenemos a nuestro David Copperfield particular que lo mismo se lo saca de la chistera la semana que viene (hoy no que está bajo secreto de sumario, según dice) o lo compra en la reventa o, como los trileros, lo cambia por alguno de los que había en la puerta del Arqueológico, «¿cuidado que están contados!».
Y, si éramos pocos, parió la abuela: ahora los cazatesoros. Siempre creímos que esta especie vagabunda y nocturna sólo iba armada con un detector de metales, en busca de monedas, tesorillos, picaportes, bisutería fina Pero, ¿también escudos y de piedra? Hay que ver qué atrevida es la gente y cómo prospera el gremio: ahora pico, pala, escoplo, martillo, excavadora y aparejador si hace falta. En definitiva, el pack de uno de estos maestros pero en fantasía huertana. Y lo peor es que seguimos en la más absoluta indigencia legal ante las atribuciones de unos y de otros, el empeño destructivo de casi todos y el desprecio a las pocas voces que denuncian y claman. Y, para muestra, el absurdo derribo de la hornacina de la calle Peligros. Mejor así, una placa-tótem-corazón que nos ahorramos. Enrique Máximo García es miembro de la Real Diputación de San Andrés de los Flamencos y Manuel Pérez Sánchez es profesor de Arte Regional de la Universidad de Murcia.
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